El desahucio de Maricarmen y nuestra costumbre de elegir bando: ¿y si tener razón no bastara?
Una casa guarda cosas que no caben en una escritura. Guarda el ruido de una llave al entrar, la altura a la que alguien colocó un cuadro, el lugar de la mesa donde se sentaba quien ya no está. Para Maricarmen, el piso de Madrid del que salió en camilla el pasado miércoles contenía más de setenta años de vida. Comprendo que quisiera quedarse. Me cuesta imaginar que pudiera desear otra cosa, pero comprender un deseo no lo convierte en un derecho. Su padre alquiló aquella vivienda en 1956. Tras su muerte, el contrato pasó a su madre y, después, a Maricarmen. Ella pagó el alquiler y vivió allí casi toda su vida. Era su hogar. Nunca fue su propiedad. La ley permitió la segunda subrogación durante dos años y reservó una duración mayor para quien tuviera una discapacidad igual o superior al 65 %. A Maricarmen se le reconoce un 50 % por lo que podemos juzgar insuficiente esa protección pero no podemos cambiar lo que decía la ley porque una cámara haya llegado al portal.
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