Eduar Garza
Los cerros de Úbeda serán transitables para quien visite Jaén. En una entrevista política, sin embargo, deberían permanecer cerrados. Sobre todo cuando el camino comienza con una pregunta concreta y termina en un discurso que nada tiene que ver con ella.
Cuenta la leyenda que, durante la conquista de Úbeda, un capitán desapareció antes de la batalla y, cuando tuvo que explicar su ausencia, aseguró que se había perdido por aquellos cerros. La justificación debió de resultar tan poco convincente que acabó sobreviviendo al propio protagonista. Desde entonces, decimos que alguien se va por los cerros de Úbeda cuando abandona el asunto principal, divaga o busca refugio en palabras que eviten una respuesta. Nuestros políticos han convertido aquella supuesta escapatoria en una concurrida autopista.
La entrevista de Cristina Pardo al ministro Óscar Puente en el programa La Mesa, de Antena 3, ha provocado una de esas divisiones que tanto gustan en las redes sociales. De un lado, quienes ensalzan a la periodista y consideran que impartió una lección de firmeza frente al poder. Del otro, quienes la acusan de interrumpir sin cesar, impedir que el ministro desarrollara sus argumentos y convertir una entrevista en una especie de combate personal. Como suele ocurrir, cada bando ha elegido sus imágenes, sus frases y sus certezas. Tal vez convenga salir de esa disputa para hacernos una pregunta más importante: ¿qué debe hacer un periodista cuando el entrevistado responde a cualquier cosa menos a lo que se le ha preguntado?
Puede guardar silencio, esperar a que termine y formular la siguiente pregunta como si nada hubiera sucedido. Es una posibilidad. También puede recordarle cuál era la cuestión, señalar que no la ha contestado y exigirle que regrese al punto de partida. Es otra. La primera opción produce entrevistas más tranquilas, educadas y cómodas. La segunda puede generar interrupciones, tensión y gestos de incomodidad. Solo una de ellas, sin embargo, garantiza que la pregunta no acabe sepultada bajo una montaña de palabras.
Una cosa es interrumpir una respuesta. Otra muy distinta es interrumpir una huida.
El entrevistado tiene derecho a explicar, contextualizar y matizar. Incluso tiene derecho a considerar injusta una pregunta y decirlo. Lo que no debería tener es el privilegio de sustituirla por otra más conveniente. Si se le pregunta si conocía un hecho, puede responder sí o no antes de añadir las explicaciones que considere necesarias. Si se le pregunta si alguien debe dimitir, puede contestar que sí, que no o que todavía no dispone de elementos suficientes para pronunciarse. Si se le pregunta si se descarta como sucesor, la respuesta comienza del mismo modo. Después llegarán las circunstancias, las reservas y los matices. Pero primero debe llegar la respuesta.
El matiz sirve para completar una respuesta; cuando se utiliza para evitarla, deja de ser matiz y se convierte en escondite.
Durante la entrevista, Cristina Pardo puso ante Óscar Puente varias contradicciones concretas. Le recordó que había anunciado en las redes sociales que Pedro Sánchez había resuelto la crisis de Ceuta cuando los acontecimientos posteriores desmentían aquel triunfalismo. También confrontó su defensa de las vacaciones del presidente del Gobierno con las exigencias que él mismo había dirigido a Alfonso Fernández Mañueco durante los incendios de Castilla y León. Puente sostuvo que se trataba de situaciones diferentes. Pardo quiso saber por qué. La respuesta del ministro volvió a abrir el camino hacia esos cerros en los que la responsabilidad política suele perderse con una facilidad asombrosa.
¿Era legítimo interrumpirlo para devolverlo a la pregunta? Creo que sí. ¿Significa eso que todas las interrupciones fueron acertadas o que cada expresión utilizada por la periodista resultó impecable? No. Preguntar «¿Usted se cree esto que me está diciendo?» puede resultar eficaz, pero también desplaza a la entrevistadora desde el terreno de la exigencia hacia el del juicio. En ese momento ya no se limita a comprobar la coherencia de la respuesta, sino que introduce su propia valoración. La contundencia no exime al periodista de medir sus palabras. Tampoco la brillantez de una repregunta convierte cualquier gesto de dureza en buen periodismo.
Precisamente por eso, el debate no debería consistir en coronar a Cristina Pardo como heroína ni en condenarla como inquisidora. Una entrevista no es mejor cuanto más se interrumpe, pero tampoco cuanto más se deja hablar. Su calidad depende de algo mucho menos espectacular: que las preguntas sean pertinentes, que las respuestas puedan desarrollarse y que las evasivas no pasen por respuestas.
El periodista no está allí para derrotar al político. Tampoco para facilitarle un atril desde el que recitar el argumentario preparado por su equipo. Está para preguntar en nombre de quienes no pueden sentarse a esa mesa. Cuando insiste, no debería hacerlo para alimentar su protagonismo, sino para proteger el derecho del ciudadano a conocer una respuesta. La diferencia puede parecer pequeña, pero separa el periodismo del espectáculo.
También habla el cuerpo cuando las palabras buscan una salida. En distintos momentos de la entrevista, al ser reconducido hacia la cuestión planteada, Óscar Puente evitó mirar a Cristina Pardo o a quien le formulaba la pregunta. Sus ojos descendían hacia el tablero de la mesa o se detenían en un punto indefinido. Parecía buscar en aquel espacio vacío una respuesta que no terminaba de encontrar o que quizá no deseaba pronunciar.
Conviene ser prudentes: una mirada no demuestra una mentira ni permite entrar en la mente de nadie. Bajar los ojos puede responder a la necesidad de pensar, ordenar una idea o contener una reacción. Aun así, los gestos también comunican. Aquella mirada huidiza transmitía incomodidad, inseguridad o, al menos, la necesidad de ganar tiempo. Mientras las palabras avanzaban, los ojos parecían pedir una salida. Quizá porque hay preguntas cuya dificultad no reside en desconocer la respuesta, sino en conocerla demasiado bien.
No es un problema exclusivo de Óscar Puente ni de este Gobierno. La costumbre de responder sin contestar se ha instalado en nuestra vida política hasta adquirir apariencia de normalidad. Basta escuchar una sesión de control en el Congreso. Un diputado pregunta por una decisión concreta y recibe una relación de los errores cometidos por el adversario hace diez años. Se solicita una cifra y se obtiene una proclama. Se pregunta por una responsabilidad y aparece Franco, Aznar, Zapatero, Rajoy, la ultraderecha, la izquierda radical o cualquier otro destino situado a suficiente distancia del asunto tratado. Termina el tiempo, se cumple el trámite y la respuesta queda sin pronunciar.
Lo más grave es que hemos aprendido a aceptarlo.
Los parlamentarios protestan, los presidentes de las cámaras piden orden y los medios seleccionan el momento más ruidoso. Al día siguiente todo vuelve a empezar. La pregunta sigue sin respuesta, pero ya nadie parece recordarla.
¿Aceptaríamos algo semejante en cualquier otro ámbito de nuestra vida? ¿Nos conformaríamos con que un médico respondiera a una pregunta sobre nuestro diagnóstico hablándonos de los errores de otro hospital? ¿Toleraríamos que un empleado de banca evitara aclarar cuánto vamos a pagar desviando la conversación hacia las condiciones de una entidad rival? ¿Admitiríamos que un abogado contestara a una cuestión precisa con una sucesión de frases destinadas a consumir el tiempo? Si no lo aceptaríamos de quienes administran una parte de nuestros intereses, ¿por qué lo toleramos de quienes administran nuestros impuestos, aprueban nuestras leyes y toman decisiones que afectan a toda la sociedad?
Quizá porque la política ha conseguido convencernos de que una respuesta no se valora por su relación con la pregunta, sino por la habilidad con la que protege a quien la pronuncia. Llamamos buen comunicador al que sale indemne, aunque no haya explicado nada. Celebramos que un dirigente haya superado una entrevista como si se tratara de un examen en el que el objetivo fuera engañar al profesor sin ser descubierto. Convertimos la evasión en destreza y después nos sorprendemos cuando la rendición de cuentas acaba reducida a una ceremonia sin contenido.
Por eso las preguntas sencillas resultan tan incómodas. Un sí o un no deja poco espacio para esconderse. Obliga a tomar posición y convierte las palabras posteriores en explicación, no en sustitución. El político prefiere comenzar por el contexto porque sabe que, si logra alargarlo lo suficiente, quizá nadie recuerde ya cuál era la pregunta. El periodista debe recordarla. Esa es una parte esencial de su trabajo.
Por supuesto, también debe escuchar. Si interrumpe antes de saber hacia dónde conduce una respuesta, actúa con precipitación. Si impide cualquier razonamiento que no coincida con el marco de su pregunta, deja de entrevistar y comienza a discutir. Si busca el aplauso de las redes, puede terminar utilizando al invitado como simple adversario en una función preparada para fabricar titulares. El rigor exige firmeza, pero también paciencia.
No toda explicación extensa es una evasiva ni toda interrupción es una muestra de valentía.
La medida está en la correspondencia entre lo preguntado y lo respondido. Mientras el entrevistado avance hacia la respuesta, debe disponer de tiempo. Cuando se aparte de ella, el periodista tiene la obligación de reconducirlo. No debería importarnos tanto cuántas veces interrumpe como por qué lo hace.
La entrevista de Cristina Pardo a Óscar Puente tuvo momentos de buen periodismo, otros más próximos al duelo dialéctico y algunos en los que la tensión reveló más que las propias palabras. Quien solo vea una humillación al ministro estará mirando el espectáculo. Quien solo vea una persecución de la periodista estará ignorando las evasivas. Entre ambos extremos queda la cuestión fundamental: un cargo público que acepta una entrevista debe asumir que no acude únicamente para hablar, sino también para responder.
Podemos discutir si Cristina Pardo interrumpió demasiado, si alguna de sus expresiones fue excesiva o si en ciertos momentos buscó más el combate que la explicación. Debemos hacerlo, pero antes convendría preguntarnos qué periodismo queremos frente al poder: ¿uno que formule preguntas y contemple con cortesía cómo son esquivadas o uno que obligue al entrevistado a regresar al lugar del que nunca debió marcharse?
Los cerros de Úbeda pueden ser hermosos para pasear. Para rendir cuentas, sin embargo, no deberían conducir a ninguna parte.
Porque una democracia comienza a extraviarse cuando sus gobernantes descubren que pueden responder sin contestar.
Y tú... ¿qué opinas?
Soy Eduar Garza y te invito a pensar conmigo.
