Mientras termina el año, España sigue esperando

El final de un año debería doler un poco. Si no duele, es que no se ha pensado. Celebramos demasiado y reflexionamos poco. Brindamos por el tiempo que pasa sin preguntarnos qué hemos hecho con él. España cierra otro año más rápido de lo que se mira a sí misma, como quien teme reconocerse en el espejo.

Vivimos esperando. Esperando a que algo ocurra, a que alguien venga, a que todo cambie sin que tengamos que cambiar nosotros. Esperamos como si la historia fuera ajena, como si el país fuese un escenario y nosotros figurantes con derecho a quejarnos pero no a decidir. La espera se ha vuelto costumbre, y la costumbre, destino.

Una vida sin sentido es dócil. Se la puede dividir, etiquetar, enfrentar. Se la puede mantener ocupada discutiendo banderas mientras otros mueven los hilos. El vacío no es un fallo del sistema: es su combustible. Cuando no hay propósito, cualquier consigna sirve.

Nos dijeron que éramos libres porque podíamos elegir. Elegir entre partidos, entre relatos, entre productos. Pero elegir no es pensar. Pensar incomoda. Pensar obliga a detenerse, a dudar, a quedarse solo por un instante. Y eso hoy se castiga. Dudar es sospechoso. Pensar sin permiso, imperdonable.

España se ha acostumbrado a confundir ideas con ideologías. Las primeras exigen esfuerzo; las segundas, obediencia. Las ideas unen desde la diferencia; las ideologías separan desde la identidad. Y así, mientras nos señalamos unos a otros, la realidad avanza sin nosotros.

Sería fácil señalar nombres propios, cargar culpas sobre una sola figura, convertir la política en un relato de buenos y malos. Pero esa simplificación es parte del problema. El deterioro es colectivo, transversal, acumulado. Cambian los rostros, los discursos, los colores. Cambia poco lo esencial. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no es una excepción, sino una expresión más de una forma de gobernar que ha aprendido a sobrevivir sin escuchar.

Mientras tanto, trabajar ya no garantiza vivir. Vivir se ha convertido en un cálculo constante. El miedo ha sustituido a la esperanza. Miedo a perder lo poco, miedo a caer, miedo a quedarse fuera. Y el miedo es un excelente método de control: no hace ruido, no protesta, obedece.

No vivimos en un feudalismo antiguo, pero seguimos rindiendo tributos. La deuda ha reemplazado a la cadena. El contrato, a la espada. Trabajamos para pagar, pagamos para seguir trabajando. Y si alguien cuestiona este orden, se le acusa de irresponsable, como si el verdadero peligro no fuera haber normalizado la pobreza.

Los bancos no necesitan maldad explícita. Les basta con un sistema que nadie entiende y casi todos aceptan. Shylock ya no pide carne; pide tiempo, tranquilidad, futuro. Y se lo damos.

El dogma no ha desaparecido: ha cambiado de forma. Antes se llamaba fe; hoy se llama ideología, mercado o identidad. Se cree sin pensar, se repite sin comprender, se odia sin conocer. La razón se ha vuelto lenta en un mundo que exige respuestas inmediatas.

El ego manda. El narcisismo cotiza. El liderazgo se mide en impacto, no en proyecto. Maquiavelo se ha simplificado hasta convertirse en manual de éxito rápido. Gobernar es parecer, no ser. Convencer es vencer, no dialogar.

La ignorancia no es casual. Una sociedad formada es incómoda. El conocimiento cuestiona, compara, recuerda. Por eso se banaliza la cultura, se vacía la educación y se confunde información con ruido. Mantener ocupados a los ciudadanos es más eficaz que mantenerlos informados.

Y, sin embargo, ahí está la grieta. Siempre la ha habido. El conocimiento sigue siendo peligroso. Pensar sigue siendo un acto subversivo. Un ciudadano que lee, que duda, que habla con quien piensa distinto, es una amenaza para cualquier sistema que necesite súbditos.

El año que viene no necesita salvadores. Necesita adultos. Personas que dejen de delegar su conciencia. Que entiendan que ser de ideas es más valiente que ser de bandos. Que la unión no exige uniformidad, solo respeto y pensamiento.

Quizá no haya que esperar nada. Quizá el error ha sido ese: esperar. Porque cuando dejamos de esperar y empezamos a comprender, algo se mueve. Y tal vez entonces, solo entonces, España deje de ser un país cansado que mira pasar el tiempo y empiece a caminar con los ojos abiertos.

Quien quiera seguir pensando puede hacerlo.
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Y si algo de lo leído incomoda, cuestiona o despierta, los comentarios están abiertos. Pensar, al fin y al cabo, nunca fue un acto solitario.

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