Hay ciudades que no hablan.
Ciudades que simplemente existen, resignadas, atrapadas en la costumbre, cubiertas por ese polvo invisible que dejan los años cuando ya nadie espera demasiado del mañana.
Y luego está Lugo. Lugo no calla. Lugo susurra.
Susurra en la piedra húmeda de las murallas cuando cae la lluvia. En las calles vacías de invierno. En la luz naranja que tiembla sobre San Marcos al anochecer. En los barrios donde la gente aprendió durante demasiado tiempo a vivir sintiéndose lejos de todo, incluso estando dentro de su propia ciudad.
Hoy Lugo vuelve a susurrar y, quizá por eso, necesitaba escribir.
No para convencer a nadie. No para ganar una discusión. No para colocarme detrás de unas siglas o delante de otras. Ya hemos tenido demasiado de eso. Demasiadas trincheras. Demasiado ruido. Demasiada gente gritando sin escuchar.
No. Escribo porque vivo en esta ciudad y cuando uno es feliz en un sitio, le duele verlo convertirse en un campo de batalla.
No me ha gustado esta moción de censura.
Lo digo con la serenidad de quien no necesita odiar para discrepar.
Porque sí, la democracia tiene mecanismos. Tiene números, leyes, reglamentos y mayorías. Y todo eso debe respetarse. Pero hay veces en las que la política olvida algo esencial: que detrás de cada maniobra hay una emoción colectiva. Una sensación. Un latido.
Y el latido de Lugo hoy no es de celebración. Es de incertidumbre.
Es el silencio extraño que queda cuando algo se rompe y todavía nadie sabe explicar exactamente qué.
Quizá porque las ciudades, igual que las personas, también tienen alma y el alma de una ciudad no entiende de pactos ni de estrategias. Entiende de esperanza, de dignidad, de la sensación de avanzar.
Y Lugo estaba avanzando.
No de forma perfecta. La perfección no existe. Existen las manos manchadas de quien trabaja y las manos limpias de quien jamás tocó nada por miedo a equivocarse.
Pero Lugo se estaba moviendo.
Después de demasiados años detenida frente al espejo de sí misma, empezó a caminar otra vez. Y eso se veía.
Se veía en las calles.
En la limpieza.
En los barrios olvidados donde, por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía recordar que también vivía gente allí.
Se veía en esa sensación pequeña pero inmensa de que los impuestos dejaban de desaparecer en un pozo oscuro y empezaban a transformarse en ciudad.
Porque una ciudad no se construye solo con cemento. Se construye cuando un vecino siente que importa.
Y quizá eso fue lo que mucha gente empezó a sentir estos años: que Lugo volvía a importar.
Por eso duele tanto este momento.
Porque más allá de partidos, más allá de ideologías, más allá incluso de la propia moción, había algo mucho más profundo ocurriendo: Lugo empezaba a despertar.
Y despertar siempre incomoda. Incomoda porque obliga a decidir qué queremos ser. Si una ciudad que simplemente sobrevive… o una ciudad que sueña.
Rubén Arroxo entendió algo que demasiados políticos olvidan: que gobernar una ciudad no consiste únicamente en administrar lo que existe, sino en imaginar lo que puede llegar a ser.
Claro que se equivocó. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Solo se equivoca quien se atreve a mover algo.
Solo se equivoca quien trabaja.
Solo se equivoca quien intenta cambiar la inercia triste de una ciudad acostumbrada a esperar. Y Lugo llevaba demasiado tiempo esperando.
Esperando inversiones.
Esperando atención.
Esperando dignidad.
Esperando que alguien mirase más allá de las murallas y entendiese que la ciudad también vive en sus márgenes, en sus barrios, en sus calles silenciosas donde nunca llegan las fotografías oficiales.
Pero esta vez llegaron cosas.
Llegó limpieza.
Llegaron obras.
Llegó transformación.
Llegó, sobre todo, una idea.
Y las ciudades necesitan ideas para no morir lentamente.
Porque las ciudades también mueren. Aunque sigan llenas de gente. Mueren cuando dejan de creer en sí mismas. Cuando se acostumbran a la mediocridad. Cuando nadie imagina nada mejor para ellas.
Lugo, por primera vez en mucho tiempo, parecía volver a imaginarse y eso vale más que mil discursos.
Ahora comienza otro tiempo y ojalá sepamos vivirlo sin odio.
Porque nada destruye más una ciudad que convertir a sus vecinos en enemigos. Nada empobrece más que mirar al otro y verlo únicamente como alguien que vota distinto.
Lugo merece más altura que eso.
Merece conversaciones.
Merece reflexión.
Merece ciudadanos capaces de pensar con el corazón antes que con las siglas.
Porque dentro de menos de un año hablarán las urnas y ahí sí no habrá tránsfugas ni maniobras posibles. Hablaremos los lucenses.
Y ojalá ese día Lugo vote pensando menos en siglas y más en quién trabaja de verdad para la ciudad.
Personalmente, me gustaría ver a Rubén Arroxo como alcalde, sin socios de gobierno. Creo sinceramente que Lugo lo merece.
No porque sea perfecto —no lo es—, sino porque al menos ha demostrado algo extraordinariamente raro en política: voluntad de transformar la ciudad en lugar de limitarse a sobrevivir en el cargo.
Y quizá eso, en los tiempos que corren, ya sea muchísimo más de lo que ofrecen la mayoría.
Créditos Foto: Pedro Garza