Cuando la comodidad de uno se convierte en el obstáculo de todos

Hay una pregunta que rara vez nos hacemos cuando dejamos el coche donde no debemos: ¿quién tendrá que pagar el precio de mi comodidad?

Porque toda acción tiene consecuencias. También aquellas que parecen insignificantes. También ese coche detenido sobre una acera rebajada, ocupando parte de un paso de peatones o invadiendo el espacio reservado para que otros puedan ver y ser vistos.

Quien aparca así suele marcharse tranquilo. Piensa que serán unos minutos. Que no molesta a nadie. Que enseguida vuelve, pero la verdadera historia comienza cuando esa persona ya no está.

Comienza cuando una mujer en silla de ruedas descubre que la rampa por la que debía continuar su camino se ha convertido en un muro. Cuando un anciano con andador tiene que bajar a la calzada porque alguien decidió que caminar unos metros más era un esfuerzo excesivo. Cuando una madre empuja el carrito de su hijo buscando un hueco por el que pasar. Cuando un niño intenta cruzar un paso de peatones sin poder ver el coche que se acerca porque otro vehículo le roba la visibilidad.

Ellos son los protagonistas de esta historia y, sin embargo, casi nunca pensamos en ellos.

Vivimos convencidos de que las normas de tráfico existen para ordenar la circulación o para evitar multas. Es una visión demasiado pobre. Las normas no nacieron para proteger el tráfico. Nacieron para proteger a las personas. Son el resultado de una experiencia colectiva, de errores que alguien pagó demasiado caros y de una sociedad que decidió aprender de ellos para evitar que se repitieran, por eso resulta tan preocupante cuando dejamos de comprender su sentido.

El problema nunca ha sido únicamente un coche mal aparcado. El verdadero problema aparece cuando empezamos a creer que nuestra necesidad inmediata está por encima de la seguridad de los demás. Cuando sustituimos la pregunta «¿qué consecuencias puede tener?» por otra mucho más cómoda: «total, ¿qué puede pasar en cinco minutos?».

El egoísmo casi nunca se presenta con el rostro de la maldad. Suele disfrazarse de prisa, de costumbre, de comodidad, de esa frase que todos hemos escuchado alguna vez: «Solo será un momento».

Y es precisamente esa aparente insignificancia la que termina erosionando la convivencia. Porque una sociedad no se deteriora únicamente por las grandes injusticias. También lo hace cuando millones de pequeñas decisiones cotidianas colocan el interés propio por delante del bien común.

A menudo escuchamos que hacen falta más multas, más vigilancia o más presencia policial. Sin duda, las normas deben cumplirse y quien las incumple debe asumir las consecuencias. Pero sería un error pensar que ahí reside la solución.

La policía no puede estar detrás de cada ciudadano. Ni debería ser necesario.

Una sociedad verdaderamente madura no funciona porque teme la sanción. Funciona porque comprende el valor de aquello que protege la norma. Cuando necesitamos que alguien nos vigile para respetar a los demás, el problema ya no está en la falta de vigilancia. Está en la ausencia de conciencia.

Hay quien considera que el civismo consiste simplemente en obedecer unas reglas. Yo creo que significa algo mucho más profundo. Consiste en aceptar una pequeña incomodidad propia para evitar una gran incomodidad ajena. Caminar cincuenta metros más. Buscar otra plaza. Esperar unos minutos. Renunciar a una pequeña ventaja para que otra persona pueda seguir su camino con seguridad y dignidad. Eso es la convivencia.

Porque las ciudades no pertenecen únicamente a quienes pueden recorrerlas sin dificultad. También pertenecen a quienes avanzan más despacio. A quienes necesitan una silla de ruedas, un bastón o un andador. A quienes llevan un carrito de bebé. A quienes apenas levantan un metro del suelo y aún no alcanzan a ver por encima de un automóvil estacionado.

La calidad moral de una sociedad se descubre precisamente en la forma en que trata a quienes más dependen del comportamiento responsable de los demás.

Quizá por eso el civismo no se demuestra en los grandes discursos ni en las campañas institucionales. Se demuestra cuando nadie nos observa. Cuando decidimos aparcar correctamente aunque haya una plaza más cómoda unos metros más adelante. Cuando entendemos que la calle no es una prolongación de nuestra propiedad, sino un espacio compartido donde cada gesto puede facilitar o dificultar la vida de personas a las que nunca conoceremos.

Tal vez el verdadero progreso de una ciudad no se mida por la altura de sus edificios, por la amplitud de sus avenidas o por el número de vehículos que circulan por ellas. Quizá se mida por algo mucho más sencillo. Por la capacidad de cada ciudadano para pensar, aunque solo sea durante unos segundos, en alguien distinto de sí mismo.

Porque la verdadera civilización comienza exactamente ahí: en el instante en que comprendemos que nuestra libertad nunca consiste en hacer lo que nos resulta más cómodo, sino en actuar de manera que también los demás puedan ejercer la suya.

Y ese día, quizá, ya no harán falta más policías.

Bastará con mejores ciudadanos.

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