Cuando el matón es el que habla de Libertad

Detesto y reniego de cualquier gobierno que no sea libre. Conviene decirlo al principio, para no tener que justificarlo después. No hay épica posible en un poder que encarcela la disidencia, que vacía las urnas de sentido y llena los discursos de palabras que ya no significan nada. No hay poesía en un régimen que empobrece a su pueblo mientras proclama justicia social desde tribunas blindadas. El poder sin límites siempre acaba hablando el idioma del miedo.

El gobierno de Nicolás Maduro no estaba legitimado. No lo estaba porque las elecciones no fueron transparentes, porque no fueron aceptadas por una parte sustancial de la comunidad internacional y porque la legitimidad democrática no se decreta, se demuestra. Cuando un régimen necesita más propaganda que votos, ya ha cruzado una línea invisible pero definitiva.

Que quede claro: el chavismo debía terminar. Como deben terminar todos los gobiernos totalitarios, se disfracen de comunismo, de socialismo redentor o de cualquier ideología que promete igualdad y reparte miseria. La historia es implacable con estos experimentos y siempre cobra la factura a los mismos: a los de abajo.

Pero una cosa es que un régimen caiga y otra muy distinta es cómo cae y, sobre todo, quién decide el momento. Porque cuando Estados Unidos habla de libertad, el mundo escucha, algunos con esperanza y otros con una prudencia aprendida a golpes. La palabra libertad, pronunciada por el más fuerte, suele llegar escoltada y la pregunta incómoda aparece sola, sin necesidad de ser invocada: ¿estamos ante una intervención ideológica, un acto de coherencia moral, o ante una causa justa utilizada como coartada para intereses menos confesables?

Venezuela no es solo petróleo. Es también oro, coltán y tierras raras, minerales estratégicos para un mundo que ya no se mueve únicamente por ideas, sino por baterías, chips y control de recursos. No es una conjetura ni una sospecha conspirativa, es un hecho geológico y ahí la reflexión se vuelve más espesa, más incómoda: ¿puede la libertad convertirse en bandera mientras el motor real es el interés?, ¿cuántas veces en la historia la moral ha servido para vestir de dignidad a la codicia?

El espejo en el que no queremos mirarnos devuelve imágenes recientes. Cuando Rusia invadió Ucrania, el mundo habló con razón de agresión, de imperialismo, de violación del derecho internacional. Cuando Vladímir Putin justificó la invasión con discursos sobre seguridad y protección, supimos que eran palabras huecas. Pero basta cambiar los actores y el idioma del relato para que la firmeza moral empiece a temblar. ¿Somos igual de contundentes cuando el agresor es “de los nuestros”? ¿O la ética internacional depende del pasaporte del que aprieta el gatillo? El doble rasero no es diplomacia: es cinismo con traje.

Mientras tanto, el resto del mundo observa, protesta lo justo o guarda un silencio cuidadosamente calculado. China elevará la voz lo imprescindible, ni más ni menos, porque está tomando nota, porque observa y aprende, porque Taiwán no es una idea lejana sino un horizonte estratégico. El nuevo orden mundial no se anuncia con discursos solemnes, se ejecuta sin ruido. No se firma, se impone. Y el silencio, conviene recordarlo, no es neutralidad: es una forma elegante de elegir bando.

Tal vez por eso la metáfora más clara no venga de la geopolítica, sino del colegio. Cuando el matón de turno machacaba al más débil, sabíamos perfectamente quién obraba mal. Si mirábamos hacia otro lado, no éramos inocentes. Si no interveníamos, ya habíamos tomado partido.

Hoy el escenario es global, el matón viste traje, habla de derechos humanos y lanza misiles con palabras bonitas. Y la pregunta vuelve, incómoda y persistente: ¿debemos recriminarlo o el fin justifica los medios cuando el fin nos conviene? Porque no hacer nada, limitarse a comentar o a “entender el contexto”, es repetir la misma escena de la infancia: el fuerte actúa, el débil cae y el resto aprende a mirar al suelo.

Las dictaduras deben caer, sin matices. Pero la ley del más fuerte no es justicia, es solo fuerza con mejor marketing. Ser crítico con el chavismo no obliga a aplaudir intervenciones armadas y defender la libertad no exige renunciar a la coherencia moral. Pensar no es justificar, es negarse a aceptar relatos simples en un mundo deliberadamente complejo. No te digo qué pensar. Solo te invito a no dejar de hacerlo, porque cuando el mundo vuelve a repartirse por zonas de influencia, la neutralidad ya no existe.

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