Los Monumentos de la discordia

La reciente polémica sobre los bustos dedicados a Moncho Reboiras ha vuelto a abrir un debate que trasciende ampliamente a la figura homenajeada.

Por un lado, quienes defienden estos monumentos recuerdan que Reboiras fue un opositor a la dictadura franquista, muerto por las fuerzas del régimen en 1975. Por otro, quienes solicitan su retirada argumentan que también estuvo vinculado a una organización que contemplaba la violencia política como herramienta de acción.

La discusión parece girar en torno a una pregunta concreta: si Moncho Reboiras merece o no un busto en el espacio público. Sin embargo, sospecho que la cuestión verdaderamente importante es otra.

¿Qué debe hacer una democracia con aquellas figuras históricas cuya trayectoria mezcla ideales que hoy consideramos legítimos con métodos que hoy condenamos?

Porque una cosa es estudiar la historia y otra muy distinta convertirla en homenaje.

La historia debe analizarlo todo. Debe estudiar a los héroes, a los villanos, a los revolucionarios, a los represores y a las víctimas. Debe ayudarnos a comprender el pasado en toda su complejidad.

Pero un monumento no es un libro de historia. Un monumento es un reconocimiento. Es una forma de decir que una determinada persona merece ocupar un lugar destacado en el espacio común y cuando ese reconocimiento se realiza desde una institución pública, surge una responsabilidad añadida.

Las administraciones no pertenecen a un partido político. Pertenecen a todos los ciudadanos.

Un gobierno puede haber sido elegido por una mayoría, pero una vez constituido tiene la obligación de gobernar para todos, también para quienes no le votaron. Tiene el deber de buscar espacios compartidos y no únicamente símbolos que refuercen la identidad de los propios.

Quizá por eso deberíamos preguntarnos si las instituciones deben homenajear a personas que defendieron o practicaron la violencia política, independientemente de cuál fuera la causa que perseguían.

Porque la legitimidad de un objetivo no convierte automáticamente en legítimos los medios empleados para alcanzarlo.

A lo largo de la historia hemos visto movimientos que perseguían fines que muchos consideraban nobles o justos. Algunos luchaban contra dictaduras. Otros defendían la independencia de un territorio. Otros aspiraban a transformar la sociedad. Sin embargo, la valoración moral de esas causas no elimina el debate sobre los métodos utilizados.

Una democracia madura debería ser especialmente cuidadosa con esa cuestión. No porque deba borrar la historia ni ocultar sus contradicciones, sino porque el espacio público pertenece a todos.

Y precisamente por pertenecer a todos, quizá los homenajes institucionales deberían reservarse para aquellas figuras capaces de generar un amplio consenso social, no para aquellas que inevitablemente dividen a los ciudadanos entre admiradores y detractores.

Pero tampoco conviene ignorar el otro lado del problema.

Si levantar monumentos puede responder a una determinada visión ideológica de la historia, también puede hacerlo la voluntad de derribarlos.

Cuando los símbolos se convierten en armas arrojadizas entre partidos, la memoria deja de servir para comprender el pasado y pasa a utilizarse para movilizar a los propios.

Unos levantan bustos. Otros prometen retirarlos. Unos presentan determinadas figuras como héroes. Otros las presentan como ejemplos de aquello que debe ser rechazado.

Y mientras tanto, las instituciones corren el riesgo de alejarse de su verdadera función: representar a la totalidad de los ciudadanos y no únicamente a una parte de ellos.

Quizá la cuestión no sea quién gana esta batalla simbólica. Quizá la cuestión sea por qué seguimos utilizando el espacio común para librarla.

Por eso prefiero dejar la reflexión abierta.

¿Fue partidista levantar estos monumentos?

¿Es partidista intentar retirarlos?

¿Representan ambas decisiones el interés general o responden principalmente a una determinada visión ideológica de la sociedad y de la historia?

Y, sobre todo, ¿deben las instituciones públicas dedicarse a reforzar aquello que nos divide o a construir aquello que todavía somos capaces de compartir?

La respuesta, como siempre, corresponde al lector.

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