Donde el fuego tropieza: la épica que no se ve

Son las cuatro de la tarde, treinta y siete grados a la sombra. Desde la autovía se levanta una columna gris detrás de una loma. El cartel turístico sigue diciendo “parque natural”, pero hoy huele a pino caliente y a ceniza. En el parte hablarán de helicópteros, del viento, de una carretera cortada. De lo que casi no se habla es de lo anterior: meses de monte sin limpiar, cuadrillas temporales esperando el verano, presupuestos que llegan tarde o se quedan cortos. No es un dedo acusador ni una guerra de siglas: es una balanza. De un lado, lo que luce y da titulares; del otro, lo que funciona y se olvida. Con el mismo euro público, ¿qué preferimos financiar antes del próximo verano: más brigadas todo el año, desbroces y cortafuegos en los meses fríos… o medidas más vistosas pero menos decisivas para que el fuego no arrase? Tú también estás en esa balanza, con tus impuestos, tu voto y tus prioridades.

España, vista de lejos, parece una piel de toro; de cerca, una alfombra de agujas secas. El verano se ha hecho largo como una siesta que no termina, y el invierno, corto y tímido, ya no limpia lo que la primavera dejó crecer. En los valles, el monte sube despacio, ganando terreno a bancales que ya nadie cultiva; en las laderas, el pinar y el matorral conversan en voz baja… y acumulan paciencia. No es sólo el calor: es el tiempo que pasa sin pasar, los caminos que se cierran, los cortafuegos que se vuelven verdes, la broza que se apila como cartas no abiertas. También la soledad rural: caseríos con la persiana medio bajada, prados sin rebaños, parcelas heredadas a las que nadie vuelve. Donde antes hubo mosaico —huerto, viña, dehesa, pasto— ahora hay una alfombra continua. Y la continuidad, para el fuego, es autopista. Los incendios se encienden en agosto, sí, pero se preparan en febrero: nacen en la hierba que nadie segó, en el sendero que ya no se patrulla, en el pinar que nadie aclaró porque costaba y no lucía. Cuando aparece la columna de humo, lo que vemos no es un rayo caprichoso: es la suma de muchas renuncias pequeñas.

Un helicóptero sobrevuela el valle y todos miramos al cielo: el ruido promete salvación. Pero la prevención no tiene rotor ni sirena. Suena a motosierra en febrero, a rebaños que dibujan claros, a cuadrillas que abren sendas invisibles al telediario. La extinción es épica de agosto; la prevención, prosa de invierno. No es una pelea: necesitamos ambas. Cuando el fuego corre, hay que plantarle cara. Pero, si pensamos en rendimiento, la prevención compra algo que el dinero rara vez compra: tiempo. Un metro de faja en enero compra segundos en agosto; un desbroce bien hecho compra minutos; una primera intervención de gente que conoce el monte compra horas. Y a veces esas horas son la diferencia entre un susto y una catástrofe. Imagina dos sobres en la mesa: “más medios en agosto” y “menos combustible en mayo”. ¿Cuál abrirías primero sabiendo que el presupuesto no es infinito?

La política vive en calendario de flashes. Una cinta roja, unas tijeras, un titular que corre más rápido que el humo. La prevención no inaugura nada: deja veredas limpias y montes discretos; su foto es un “no pasó nada”. El sistema premia lo visible y lo inmediato: la ayuda que llega a casa, la obra que corta una calle, el dron que aparece el día grande del fuego. También nosotros miramos donde hay luces: exigimos épica cuando arde y olvidamos preguntar en febrero cuántos kilómetros de cortafuegos se mantuvieron, cuántas cuadrillas trabajaron bajo la lluvia. Si la recompensa pública es el aplauso del agosto heroico, ¿quién compensa el invierno silencioso? La salida es cambiar el premio: metas que midan hectáreas prevenidas, presupuestos plurianuales, cuentas que celebren la ausencia de titulares. Menos gesto vistoso; más inversión que compra minutos.

En enero el monte parece dormido; quien lo conoce sabe que respira hondo. Imagina una cuadrilla bajo una llovizna fina: marcan fajas, abren senderos, limpian cunetas verdes que en agosto serían mechas. Nadie aplaude. Nadie mira. Y, sin embargo, ese trabajo lento es la primera línea de cada verano. Hoy muchas manos sólo llegan cuando el termómetro grita. Con más presupuesto y otra mirada podríamos convertir el verano en la punta del lápiz, no en todo el dibujo: más personal con contrato anual, menos temporalidad, aprendizaje que no se interrumpe, equipos que conocen su territorio como un carpintero su banco de trabajo. Invierno de práctica, primavera de orden, verano de respuesta, otoño de evaluación, y vuelta. Un cuerpo estable atesora experiencia y cuida su salud; cuando llega el primer humo, la primera intervención no se improvisa: sale alguien que estuvo allí ayer. ¿Prefieres pagar más sueldos en enero para comprar calma en agosto?

Un bosque continuo es hermoso… y cómodo para el fuego. Lo que necesitamos no es un tapiz perfecto, sino un mosaico que lo obligue a dudar: desbroces que cortan la mecha fina, clareos que separan copas, cortafuegos por donde pasa una brigada pero no la llama, pastoreo que dibuja claros comestibles, quemas prescritas humildes y controladas que enseñan al monte a no explotar. No es pelar, es ordenar. Franjas limpias cerca de casas y caminos, sombras donde el suelo no se reseque, anillos de protección alrededor de pueblos y urbanizaciones. Cada euro aquí compra minutos de contención. Cada metro bien mantenido es una oportunidad para llegar a tiempo.

Cada parcela es un latido dentro de un mismo pecho. La tuya, la mía, la del vecino que ya no viene: todas cosidas por lindes que el fuego no respeta. Una finca limpia es una cortesía; muchas fincas limpias son un escudo. Primero, la zanahoria: información clara, ayudas para mayores o ausentes, cooperativas que ofrezcan limpieza a precio justo, bonificaciones a quien cumple. Si no, el palo razonable: ejecución subsidiaria. El ayuntamiento entra, limpia lo mínimo necesario y repercute el coste —con recargo— a quien no cumplió, con garantías: aviso, plazo, tarifas públicas, prioridad por riesgo y derecho a recurso. No es castigar por castigar, es equidad: que quien cuida no pague por quien abandona. ¿Aceptarías que te limpiaran la linde y te pasaran la factura si no llegas a tiempo? ¿Preferirías incentivos primero y sanción después, o un calendario firme desde ya?

En muchos valles, el silencio tiene llaves guardadas bajo una piedra. La escuela cerró, la tienda abre a ratos, el cartero conoce más herederos que vecinos. El monte avanza donde el humano se retiró y el minifundio lo complica todo. El fuego, en cambio, “ordena” el rompecabezas en una tarde. La respuesta es juntar manos: juntas de propietarios, consorcios forestales, servicios mancomunados que planifican una sola red de cortafuegos, una sola campaña de desbroces, un calendario de quemas prescritas. Ventanilla única comarcal, catastro limpio, contratos tipo para ceder gestión sin perder propiedad. Y que el esfuerzo deje economía discreta: astilla para calderas públicas, pastoreo dirigido, pequeñas cooperativas de biomasa. Un territorio habitado y organizado arde distinto: no porque el fuego lo respete, sino porque encuentra menos continuidad y más manos con memoria.

La tecnología es un oído fino. No apaga fuegos, pero escucha: torres, satélites, drones, sensores. El truco no es tenerlos, sino leerlos a tiempo y convertir datos en órdenes sencillas: cerrar una pista en día rojo, adelantar un desbroce, mover un turno. La música de fondo es la coordinación: radios que no fallan, lenguaje común, mando claro, simulacros en mayo, hidrantes que funcionan, números de parcela visibles. Las máquinas afinan el oído; las personas deciden el compás. Sin coordinación, la tecnología es un coro desordenado; con ella, el monte se vuelve legible y el fuego, menos sorpresivo.

El presupuesto es un río: si no se encauza, se pierde en meandros. Si de verdad queremos más cuadrillas todo el año, mosaicos que frenen y fincas al día, hay que decidir quién cede y qué cambia. Reordenar partidas que lucen pero apenas reducen riesgo; blindar el tiempo con fondos plurianuales y un suelo mínimo para prevención; crear ingresos con sentido —una tasa pequeña y finalista en la interfaz urbano-forestal, recargos a incumplidores reinvertidos en la misma ladera—. Y, sobre todo, transparencia: por cada euro en extinción, ¿cuánto aseguramos en prevención? ¿Aceptaríamos menos brillo público a cambio de más invierno trabajado?

Elegir ayuda más que acertar. Podemos imaginar tres caminos: “invierno en marcha”, con cuadrillas todo el año, desbroces sistemáticos, pastoreo concertado y quemas prescritas; “bisagra”, que amplía parte de las plantillas a anual, protege anillos alrededor de núcleos y concentra limpieza en zonas críticas; y “agosto heroico”, que refuerza la respuesta estival y deja la prevención intermitente. Cada camino trae algo que ganar y algo que soltar. ¿Cuál firmarías para tu comarca si hubiera que decidir hoy?

No faltarán dudas: “es carísimo”, “no hay personal”, “multar es injusto”, “los cortafuegos empobrecen”, “la tecnología lo arreglará”. Todas merecen aire. La prevención es un seguro caro que abarata veranos largos; el oficio se cultiva con escuelas comarcales, carrera profesional y rotaciones que cuidan la salud; primero ayudas e información, después ejecución con reglas claras y reinversión local del coste; los cortafuegos mal hechos empobrecen, bien hechos ordenan; la tecnología oye, pero las botas deciden.

El verano no se prepara con discursos, sino con gestos repetidos. Revisar el perímetro de una vivienda, abrir una cuneta, colocar numeración visible, acordar con los vecinos una franja común, pedir un simulacro en mayo, exigir que se publiquen kilómetros de faja mantenidos y contratos anuales activos. Son cosas pequeñas. Juntas, cambian el mapa. Y quizá por eso esta historia no busca un enemigo, sino un rumbo: recordar que elegir es prevenir, que cada minuto ganado en invierno es aire en agosto, que la mejor manera de estar preparados en verano es haber estado presentes en enero. Ahora la balanza es tuya. No para guardarla, sino para inclinarla. Si pudieras mover un solo euro, ¿de qué partida lo sacarías y en qué prevención lo pondrías? ¿Aceptarías menos brillo público a cambio de más cuadrillas en enero y febrero? En tu comarca, ¿qué tres lugares concretos necesitan actuar antes de mayo? Ojalá que, cuando llegue el calor, la noticia más grande sea una muy pequeña: no pasó nada. Y que ese “nada” sea obra de todos.

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