¿Qué hacemos cuando descubrimos que nos han mentido?

📅 25 de octubre, 2026
Eduar Garza

Eduar Garza


Hay un momento en el que una mentira deja de pertenecer solo a quien la cuenta. Sucede cuando alguien descubre el engaño y, en lugar de pedir explicaciones, empieza a buscarlas por su cuenta para disculpar al mentiroso. Lo habrá hecho para protegernos, no tendría otra salida, cualquiera en su situación habría actuado igual. Resulta extraña esa diligencia con la que a veces acudimos a reparar la confianza que otro ha roto: recogemos los pedazos, disimulamos las grietas y procuramos que todo vuelva a su sitio antes de que alguien nos pregunte por qué seguimos creyendo en quien ha decidido engañarnos. Quizá porque reconocer una mentira también nos obliga a reconocer algo de nosotros mismos, y hay decepciones que preferimos aplazar aunque tengamos que pagarles el alojamiento.

La mentira encuentra cobijo en lugares muy distintos. En una relación donde alguien oculta lo que sabe que cambiaría las decisiones del otro; en una empresa que ofrece condiciones que nunca piensa respetar; en la pantalla donde exhibimos una vida de la que hemos retirado cualquier rastro de fracaso. Sus consecuencias varían, como varían las intenciones de quienes recurren a ella. Una excusa para evitar una cena carece de la gravedad de una falsedad que arruina una reputación, y una palabra de consuelo exige un juicio distinto al de un engaño preparado para obtener un beneficio. Conviene conservar esas diferencias, porque cuando metemos todas las mentiras en el mismo saco terminamos ofreciendo a las más dañinas la protección de las más insignificantes.

Tampoco deberíamos confundir la mentira con el error. Podemos recordar mal, interpretar unos hechos de forma equivocada o defender una idea que después se revela falsa. Nuestra capacidad de comprender tiene límites y nuestra memoria suele tomarse libertades. Por eso, una medida de la honestidad de alguien es lo que hace cuando descubre que estaba equivocado: si corrige, si reconoce el daño, si acepta perder una discusión. El mentiroso se encuentra en otro lugar. Conoce la distancia entre lo que sabe y lo que cuenta, y procura que los demás no puedan recorrerla. Cuando aparecen las pruebas, necesita una nueva explicación que proteja a la anterior, hasta levantar una construcción en la que cada falsedad sostiene el peso de otra.

Pero esa construcción necesita apoyos fuera de quien la levanta. A menudo se los ofrecemos nosotros, con una generosidad que jamás tendríamos con alguien que nos resultase antipático. Hay personas a las que les examinamos cada palabra y otras a las que les concedemos por adelantado cualquier absolución. Nos basta conocer el nombre de quien habla para decidir cuánto rigor merece lo que dice. Después llegan los argumentos, ordenados con esmero para que parezca que hemos alcanzado una conclusión que en realidad ya nos estaba esperando. Podemos ser muy inteligentes al servicio de una indulgencia. Incluso podemos llamar pensamiento crítico a esa habilidad para encontrar defectos en todas las pruebas que amenazan nuestras preferencias.

La política ofrece un escaparate privilegiado de esa costumbre, sobre todo cuando se acercan unas elecciones y vuelve a pedírsenos confianza. Escuchamos promesas, balances, acusaciones y explicaciones sobre lo que se hizo o se dejó de hacer. Una promesa incumplida puede revelar incapacidad, un cálculo equivocado o circunstancias que impidieron llevarla a término; afirmar que todo incumplimiento demuestra una mentira sería faltar al mismo rigor que reclamamos. Otra cosa es prometer a sabiendas de que no se podrá cumplir, ocultar información que podría cambiar el voto o mantener una falsedad cuando ya se conocen los hechos que la desmienten. Ahí la pregunta debería ser cuánto nos importa que intenten engañarnos cuando quien lo hace lleva las siglas que deseamos ver en el Gobierno.

Podemos descubrirlo observando nuestras propias conversaciones. Ante una mentira de los nuestros, ¿pedimos una explicación o buscamos una del adversario para ponerla al lado? ¿Nos interesa aclarar lo sucedido o demostrar que otros hicieron algo peor? Esa contabilidad permite aplazar cualquier responsabilidad: siempre aparece un antecedente, una hemeroteca, una ofensa pendiente de cobrar. Al final, el engaño queda sin respuesta porque hemos dedicado toda la discusión a cambiar de acusado. Un ciudadano debería poder exigir honestidad a quien vota sin sentir que está traicionando sus ideas. De hecho, cuesta imaginar una defensa más pobre de unas convicciones que aceptar que necesitan mentiras para sostenerse.

Las pantallas añaden velocidad a nuestra disposición a creer. Una acusación llega cuando estamos distraídos, nos provoca indignación y sale de nuestras manos hacia las de otros antes de que nos preguntemos de dónde procede. Compartirla nos lleva unos segundos; comprobarla exige una pausa que rara vez parece urgente. Para cuando aparece una rectificación, quizá ya hemos hablado de otra cosa, aunque el nombre de la persona acusada conserve la mancha. También aquí tenemos una responsabilidad pequeña y concreta: qué hacemos con aquello que difundimos cuando sabemos que era falso. Borrar una publicación puede ser necesario, pero convendría preguntarnos si quienes recibieron nuestra indignación recibirán también nuestra rectificación.

Con todo, sería cómodo dejar el problema en los partidos, las empresas o las redes y regresar a casa con la conciencia limpia. Cada uno conoce alguna verdad que ha ido posponiendo porque decirla le obligaría a asumir sus consecuencias. A veces empezamos tratando de evitar un disgusto y acabamos administrando una ficción que ya decide por nosotros. Hay que recordar lo que dijimos, calcular quién sabe qué, impedir que dos conversaciones se encuentren. La mentira termina ocupando habitaciones enteras de la vida. Mientras tanto, quien confía en nosotros sigue tomando decisiones con una información que hemos alterado a su espalda. Tal vez esa sea una de sus crueldades más hondas: apropiarse de una parte de la libertad del otro sin que llegue a saberlo.

Después viene el cansancio y, con él, esa frase que parece ahorrarnos cualquier esfuerzo: todos mienten. La pronunciamos como quien acredita experiencia, convencidos de haber aprendido cómo funciona el mundo. Sin embargo, esa resignación borra diferencias que necesitamos conservar: entre quien rectifica y quien insiste, entre un engaño y una conducta sostenida, entre reconocer una responsabilidad y buscar a quién atribuírsela. Si todos merecen el mismo juicio, deja de tener valor el esfuerzo de quien procura decir la verdad. El mentiroso obtiene entonces algo mejor que nuestra confianza: consigue que hayamos dejado de exigirla.

No sé si mentimos más que quienes vivieron antes que nosotros. Me preocupa cuánto estamos dispuestos a acomodarnos alrededor de una mentira conocida, cuánto silencio ofrecemos para conservar una relación, una comodidad o una victoria. La honestidad tiene un precio que solemos calcular muy bien cuando nos toca pagarlo; el coste del engaño preferimos descubrirlo después. Quizá podamos empezar por algo tan modesto como dejar de preparar excusas para quien todavía no nos ha dado una explicación. Llegado ese momento, cada cual tendrá que responder de lo suyo: quien mintió, del engaño; quienes lo descubrimos, de lo que decidamos hacer con él.

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